Santiago, 31 de Octubre | En las farmacias que operan en Chile pocas veces se actúa con la dedicación y vigilancia que requieren los medicamentos porque el sistema no está fundado en el servicio sino en el lucro. Esta afirmación no es una apreciación ligera. Es una evidencia reiterada y fácil de constatar.
Las farmacias de cadena constituyen el fenómeno de mayor incidencia y gravitación producido en el mercado farmacéutico chileno, comparable tan solo en cuanto a impacto con el que produjo el Formulario Nacional de Medicamentos en la década de los 70 y parte de los 80. Aquel sistema que promovió la producción y dispensación de medicamentos esenciales con denominación genérica, de calidad y baratos, sirvió para satisfacer en gran medida las necesidades de la población y produjo una evidente regulación de precios.
Este sistema que se inició en 1969, impulsado por el gobierno de Frei Montalva, sirvió de modelo para la política de medicamentos esenciales que la OMS puso en marcha ocho años más tarde. Fue tal el efecto social que produjo el sistema que 25 años después de su desaparición la gente aún sigue pidiendo productos del formulario nacional. Las farmacias de cadena se insertan, en cambio, en un contexto puramente comercial y de hecho han producido efectos muy negativos en la salud pública. Estos resultados no se aprecian directamente porque en nuestro país no hay cultura del medicamento ni sistemas de farmacovigilancia que los pongan en evidencia.
Estas farmacias operan según un modelo que las concibe como "puntos de venta" y se desarrollan con el menor control y regulación posibles dentro de la economía de libre mercado. En este esquema el medicamento es considerado como un bien de consumo. Se opone a este modelo la farmacia "centro de salud" que existe en muchos países europeos. En ellas, el medicamento es tratado como un "bien social" y junto a su entrega al paciente se le agrega información, orientación y consejos para el correcto uso de los fármacos.
Las farmacias de cadena dominan casi sin contrapeso el mercado de medicamentos en Chile. Según los últimos datos (IMS) absorben el 92,5% de la venta al público. La opción de la gente por ellas ha estado siempre provocada por sus precios y por la prestación de servicios adicionales como el uso de tarjetas de crédito. Al comienzo del sistema los precios fueron efectivamente menores. Hoy no es así, pero estas farmacias insisten en que tienen los mejores precios del mercado. El público ha seguido favoreciéndolas motivado por estrategias publicitarias engañosas en que se presentan ofertas y promociones atractivas que a la hora de su concreción se diluyen. La colusión detectada hace un par de años entre las tres grandes cadenas que alzaron los precios de 222 medicamentos fue como la "guinda de la torta" de una política mentirosa y abusiva.
La instalación y desarrollo de las farmacias de cadena se hizo posible gracias a medidas que impuso el gobierno de Pinochet, que constituyen en su conjunto lo que se conoce como la "desregulación farmacéutica". Antes hubo algunas cadenas de farmacias que no prosperaron porque aún no se había implantado la economía de libre mercado. La "desregulación farmacéutica" comenzó el 15 de Marzo de 1974 con la derogación de la "Ley del circuito" (ley 1.142) que establecía la prohibición de instalar una nueva farmacia a menos de 400 metros de otra ya existente. Era una sabia medida destinada a asegurar un buen rendimiento de la farmacia protegida y garantizar con ello una mejor atención a la población del entorno.
Enseguida, el mismo año, se dejó sin efecto la exigencia de la propiedad farmacéutica. Se abrió así el dominio de una farmacia a cualquier comerciante que deseara operar en el rubro. Las mejores farmacias del mundo están en los países nórdicos y en algunos latinos: Suecia, Noruega, Finlandia, Bélgica, España, Italia y Francia, entre ellos, donde estos establecimientos son de dominio exclusivamente profesional. En ellos no hay cadenas farmacéuticas. Hungría acaba de sumarse a esta situación.
El 9 de Mayo de 1980 se decretó el precio libre de los medicamentos y casi simultáneamente la incorporación de las farmacias al horario de libre atención. Se configuró de esta manera un cuadro absolutamente liberalizado que trajo como consecuencia una proliferación en progresión geométrica de estas farmacias, concentradas en barrios comerciales y sectores residenciales de mayores recursos económicos, muchas veces una al lado de otra.
Las farmacias nuevas tenían otro rostro nada diferente de otros establecimientos comerciales y en muchos casos con una presentación parafernálica muy agresiva. La idea era atraer al público con precios menores favorecidas por las rebajas que recibían por escala de parte de los fabricantes y al mismo tiempo ampliando la venta a productos ajenos a la farmacia tradicional.
La gente se sintió efectivamente atraída por el sistema a tal punto que en encuestas destinadas a medir el grado de aceptación de establecimientos en que se presta atención a público, las farmacias de cadena obtuvieron uno de los primeros lugares. Este hecho, por cierto, revela la falta de cultura del medicamento que padece nuestra gente, manifestada en este caso en una calificación en que no estuvieron presentes los parámetros que más importan.
Un programa de televisión ("Contacto") denunció algunas de las malas prácticas con que operan habitualmente estas farmacias: cambio de medicamentos prescritos, registro impreso (fotocopias) de recetas para objetivos de promoción médica, ventas favorecidas para ciertos laboratorios y negación de venta de productos de denominación genérica, los más baratos y de baja rentabilidad. Pero, lo peor es la información sesgada o errada que entrega el personal auxiliar mientras el profesional farmacéutico está confinado a funciones administrativas. Todas estas situaciones son la consecuencia del modelo en curso cuyas características centrales son la mercantilización exacerbada, la ausencia de compromiso sanitario y la primacía absoluta del lucro sobre el servicio.
Varias son las características que se observan en el funcionamiento de estas farmacias. Una de ellas es el predominio de la "velocidad de rotación" como clave para su éxito comercial. La idea es vender rápido para hacer pronto la utilidad. Por cierto que ello se hace en desmedro de una mejor atención.
Se observa además lo que se llama "integración vertical". Esta es un acuerdo entre un laboratorio y una cadena en cumplimiento del cual se privilegia la venta de ciertos productos y se niega la de aquellos que no están incluidos. Este método ha derivado a expresiones aún peores.De hecho, contraviniendo la ley, ya hay farmacias y laboratorios del mismo dueño.
Las remuneraciones del personal auxiliar es otro problema con graves consecuencias. Las remuneraciones pactadas son muy menores, lo cual obliga al dependiente a aumentarlas con la "canela"1 que pagan ciertos laboratorios como incentivo para favorecer la venta de sus productos. Está claro que este personal se esmera por aumentar de esta manera sus ingresos, sin importar si daña a la dispensación correcta.
El farmacéutico es el profesional idóneo formado para prestar la mejor atención sanitaria. Pues bien, las empresas lo sacan de los "puntos hot" porque la atención que está llamado a cumplir exige tiempo, entrega de orientación y actuar como filtro y ello no favorece sino que frena las ventas. Entonces, es mejor derivarlo a funciones administrativas, inhibirlo, alejarlo del público.
Los medicamentos son productos especiales, muy distintos de otros. Esto queda claro si se consideran los objetivos a que están destinados. Esto es, recuperar la salud perdida, atenuar síntomas o prevenir enfermedades.
Por ello su manejo debe ser muy cuidadoso, informado y seguro. No hay fármacos inocuos. Muchos tienen efectos tóxicos e incluso deletéreos, si se administran en dosis excesivas (Paracelso dijo: El veneno lo hace la dosis). Buena parte de ellos producen efectos adversos previsibles que deben ser advertidos, así como hay muchas contraindicaciones e interacciones que deben ser informadas.
El doctor Enrique Paris, especialista toxicólogo y presidente del Colegio Médico, informó recientemente que la mayor parte de las intoxicaciones que se registran en Chile son causadas por medicamentos. Pues bien, en las farmacias que operan en Chile pocas veces se actúa con la dedicación y vigilancia que requieren los medicamentos porque el sistema no está fundado en el servicio sino en el lucro. Esta afirmación no es una apreciación ligera. Es una evidencia reiterada y fácil de constatar.
Así, el sistema se constituye en un riesgo sanitario que, desgraciadamente, no se capta en su real dimensión por parte de la gente y, lo que es peor, de las autoridades públicas y sanitarias. La falta de cultura del medicamento es grave y al amparo de esta falencia el sistema se ha perpetuado. Las autoridades, por su parte, creen que no hay problemas con los medicamentos. Modificarían su apreciación si los pacientes pudiesen hacer marchas de protesta.
En estas condiciones al gobierno no se le ha ocurrido nada mejor que proponer la venta de los medicamentos sintomáticos en cualquier parte. Es decir, auspicia un modelo peor que el que tenemos a la vista. Ojalá no prospere el proyecto en trámite parlamentario cuya inconciencia es reemplazar lo malo por un sistema peor.
A todo esto, las farmacias independientes, situadas especialmente en barrios populares y comunas periféricas, se defienden como pueden. Los precios de los medicamentos se han equiparado bastante y por ello, y por cercanía, logran mantener una especie de público cautivo.La mayor demanda en estas farmacias se concentra en productos de denominación genérica, que suelen ser negados en las farmacias de cadena.
De estas farmacias hay en Chile algo más de 600, respecto a las 1200 de cadena. Tienen apenas el 7,5% de la venta al público. Se sustentan por la facilidad con que el público accede sin receta a muchos medicamentos y en ciertos casos a fraccionamientos de contenido.
Estas farmacias independientes son un engendro del sistema vigente. No son un buen modelo alternativo y mal se podrían considerar como herederas de las farmacias comunitarias profesionales anteriores a la "desregulación farmacéutica".
Para decirlo muy derechamente, los modelos de farmacia que tenemos en Chile están entre los peores del mundo y nadie protesta. ¿Será que no nos damos cuenta o que no nos interesa?
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